Hace poco, revisando mis archivos, me reencontré con un artículo que escribí hace más de una década. Al leerlo, me sorprendió (y a la vez no) comprobar que los desafíos que planteaba en aquel entonces no solo siguen vigentes, sino que se han vuelto el eje central de la industria actual.
En aquel texto, titulado “El personal… ¡Nosotros!”, ya explorábamos una verdad que a veces la técnica intenta opacar: el manipulador de alimentos es el eslabón más variable y, por ende, el más crítico en la cadena de suministro.
¿Por qué este mensaje no ha caducado?
Hace 10 años ya insistía en que no basta con dar órdenes. Decir “hazlo porque sí” nunca ha funcionado. La verdadera clave reside en explicar el porqué: entender que detrás de un lavado de manos o una desinfección no hay solo una norma, sino la prevención de enfermedades y la protección de vidas.
El artículo también tocaba un punto sensible: la brecha entre la realidad laboral y la vida cotidiana del trabajador. Es difícil exigir excelencia en higiene cuando el entorno personal o la formación previa no han brindado las herramientas básicas. Esta visión empática y sociológica de la inocuidad era necesaria entonces y es obligatoria hoy.
De la teoría a la norma: La Cultura de Inocuidad
Lo que hace una década veíamos como una “buena práctica” o un enfoque deseable, hoy ha tomado una forma institucional robusta. La evolución más significativa en estos años ha sido la integración de la Cultura de Inocuidad (Food Safety Culture) en las normas reconocidas por la GFSI (Global Food Safety Initiative).
La inclusión de requisitos específicos sobre cultura de inocuidad en estándares como BRCGS, IFS o FSSC 22000 nos brinda, finalmente, el marco formal para trabajar lo que antes parecía “intangible”:
- Liderazgo y compromiso: Ya no es solo tarea de calidad, sino de la alta dirección.
- Comunicación abierta: Fomentar que el personal reporte riesgos sin miedo.
- Capacitación con sentido: Pasar del cumplimiento administrativo al cambio de comportamiento real.
Conclusión
Releer mis propias palabras de hace diez años me reafirma en una convicción: la tecnología puede mejorar los procesos, pero solo la cultura transforma a las personas. El marco que nos da GFSI hoy es la herramienta que nos faltaba para profesionalizar lo que siempre supimos que era importante: el factor humano.
Hace poco, revisando mis archivos, me reencontré con un artículo que escribí hace más de una década. Al leerlo, me sorprendió (y a la vez no) comprobar que los desafíos que planteaba en aquel entonces no solo siguen vigentes, sino que se han vuelto el eje central de la industria actual.
En aquel texto, titulado “El personal… ¡Nosotros!”, ya explorábamos una verdad que a veces la técnica intenta opacar: el manipulador de alimentos es el eslabón más variable y, por ende, el más crítico en la cadena de suministro.
¿Por qué este mensaje no ha caducado?
Hace 10 años ya insistía en que no basta con dar órdenes. Decir “hazlo porque sí” nunca ha funcionado. La verdadera clave reside en explicar el porqué: entender que detrás de un lavado de manos o una desinfección no hay solo una norma, sino la prevención de enfermedades y la protección de vidas.
El artículo también tocaba un punto sensible: la brecha entre la realidad laboral y la vida cotidiana del trabajador. Es difícil exigir excelencia en higiene cuando el entorno personal o la formación previa no han brindado las herramientas básicas. Esta visión empática y sociológica de la inocuidad era necesaria entonces y es obligatoria hoy.
De la teoría a la norma: La Cultura de Inocuidad
Lo que hace una década veíamos como una “buena práctica” o un enfoque deseable, hoy ha tomado una forma institucional robusta. La evolución más significativa en estos años ha sido la integración de la Cultura de Inocuidad (Food Safety Culture) en las normas reconocidas por la GFSI (Global Food Safety Initiative).
La inclusión de requisitos específicos sobre cultura de inocuidad en estándares como BRCGS, IFS o FSSC 22000 nos brinda, finalmente, el marco formal para trabajar lo que antes parecía “intangible”:
- Liderazgo y compromiso: Ya no es solo tarea de calidad, sino de la alta dirección.
- Comunicación abierta: Fomentar que el personal reporte riesgos sin miedo.
- Capacitación con sentido: Pasar del cumplimiento administrativo al cambio de comportamiento real.
Conclusión
Releer mis propias palabras de hace diez años me reafirma en una convicción: la tecnología puede mejorar los procesos, pero solo la cultura transforma a las personas. El marco que nos da GFSI hoy es la herramienta que nos faltaba para profesionalizar lo que siempre supimos que era importante: el factor humano.